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Cantos Ilustrados. Material didáctico con compuesto de tres cuadernillos (Cantos-plástica-cancionero) y 2 Cds. Actividades sugeridas para chicos de 3 a 10 años.


El gallo Coco


El gallo Coco vive en mi casa. Su cresta es roja, sus plumas blancas. Come semillas, come bichitos y toma agua con el piquito. Toda su familia vive en el gallinero. ¡Tres gallinas gordas que ponen muchos huevos! Cuando lo soltamos pasea por el parque con ojos atentos y paso elegante. ¡Pero el gallo Coco es un poco loco y si está enojado te puede picar! ¡Cuidado con Coco es un poco loco y si está enojado te puede picar! Todas las mañanas Coco abre las alas, infla el pecho y canta ¡ Qui qui ri qui qui ! ¿Cómo canta Coco? Coco canta así: ¡ Qui qui ri qui quí ! ¡ Qui qui ri qui quí !
Letra y Música: María Cristina Avila



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Almas en pena

Relatos de misterios

Almas en pena

Ilustradora: Norma Teresa Sánchez de Fiorgione Titulo de la obra: Almas en pena Técnica: Tinta sobre papel Medidas: 12cm x 18cm

Esa tarde caminó las cuadras que la llevaban desde el subte a la casa de su amiga con cierta inquietud. Ni siquiera  la magia de las hojas amarillas que comenzaban a desprenderse anunciando  la presencia del otoño pudieron  aquietar  su pensamiento .Todo su esfuerzo estaba dirigido  a   reconstruir las circunstancias en las que se había entretejido aquella amistad tan cierta y tan antigua.

Instantes breves y plenos desde la juventud a la madurez.  Los miedos y las risas compartidas, el noviazgo, el matrimonio, la maternidad. Toda una vida ovillando luces y sombras en lo cotidiano. Y allí estaba, caminando por las entrañas de la ciudad respondiendo a un angustiante llamado telefónico de su amiga.
-Sabés bien que nunca fui miedosa… ni siquiera cuando mis viejos murieron- le anticipó la  amiga, levemente disfónica, por teléfono- .  -Es cierto- le  respondió Marianela.  -Pues bien… el caso es que ahora sí soy puro desasosiego, replicó la amiga. -No comprendo…no te desbarranques…detenete ahí…stop…  ¿qué pasa? inquirió  Marianela en un intento de aflojar la tensión.
-Siempre fuiste perceptiva… bueno, te lo suplico,  prestá atención… ¡En este instante hay un jadeo que acompaña  nuestro diálogo! le dijo su amiga  bajando  el tono de voz como quien teme ser oída.  -¡Pensé que eras vos la que estabas agitada!- contestó Marianela. -¡No! ¿Te das cuenta? ¡Es horroroso!- Dijo su amiga al borde del llanto.  
Marianela se limitó a escuchar como siempre se escucha a un ser querido, con el oído y el corazón.  -Ni siquiera sé cómo decírtelo. ¡Mi  casa está llena de presencias sigilosas y amenazantes que me acechan!- Confesó su amiga casi gritando.
Tanta zozobra produjo escalofríos en lo más profundo  de Marianela, sin  embargo no se lo dijo sino que hizo un esfuerzo por mostrarse como el puerto solidario que su amiga necesitaba en ese momento. Por otra parte,  ya tenía bastante con su preocupación. -¡Vos me conocés! ¡Siempre rezo! ¡Y mucho más cuando intuyo algo extraño!- declaró su amiga.
-El martes, si te parece,  termino de trabajar  y paso - le respondió  Marianela en un intento de apaciguar su terror. El hecho es que el martes había llegado y en pocas cuadras estaría en casa de su amiga.
Ni bien le abrió la puerta la abrazó con la efusividad de siempre mientras observaba  su melena negra, brillante y pesada que apenas le rozaba los hombros. No obstante, en cada movimiento y pese a su aspecto exterior impecable, a medida que compartía sus zozobras, aún en el sencillo hecho de  servir  el  té trasuntaba sus miedos.
En efecto, su amiga sospechaba  que los acontecimientos habían comenzado con la compra a un particular de ciertos artefactos electrónicos y  algunos muebles usados para  renovar la  decoración del departamento. Recién iniciado marzo había seleccionado un aviso donde se anunciaba, brevemente, que por viaje al exterior, familia de  diplomático vendía algunos  muebles: reloj centenario con Big Ben; piano y taburete incluído; vajilla y varios aparatos telefónicos.
Acordó una entrevista y, una vez en el lugar, eligió lo que le pareció más conveniente de modo tal  que, durante el mes de abril,  el flete hizo el traslado de una biblioteca, un hermoso piano blanco, el imponente y centenario  reloj de pie con péndulos de bronce  y también,  dos  teléfonos inalámbricos.
 Firmada la recepción su amiga había decidido   dejar todo embalado hasta el fin de semana próximo en el que comenzó a ubicar cada cosa en un espacio acorde. Incluso lo primero que hizo fue contratar un experto para afinar el piano.
-¿Y el reloj? Preguntó  Marianela que no quería perder un solo detalle en el relato de su compañera. En ese instante, la lividez de  su amiga fue en aumento y ,dando un rodeo, respondió : -Y  aquí me encontrás hoy, entre teléfonos que jadean, un piano en el que en el momento más inesperado manos  invisibles comienzan a  ejecutar  alguna melodía y una biblioteca que, aunque no lo creas, ordena sola y siempre en el  anaquel correspondiente  cualquier libro que yo deje olvidado en mi mesa de luz o en mi escritorio o  fuera del lugar que le corresponde! acotó frenética.
-¿Y el reloj?  Insistió  Marianela.
-Todos, tanto mis familiares como mis amigos, creían que el reloj  big ben no funcionaba pero al anochecer, en el silencio más absoluto, cuando estoy sola recién entonces los péndulos de bronce comienzan a marcar la  hora con unas campanadas que me aterran”, respondió.  A esta altura del relato  ambas, crispadas, habían perdido la cuenta de la cantidad de  tazas de té que habían bebido. De hecho, la jarra eléctrica había anunciado con un silbido que el agua estaba lista una y otra vez.
Cada tanto, su amiga se quedaba ensimismada… en silencio… absorta en sus pensamientos y preocupada por los sucesos que, de acuerdo a su relato, parecían  pavorosos, imposibles de sostener por más tiempo y que, según decía, de prolongarse la conducirían al borde de la locura.
 Sin darse cuenta, estaban en los umbrales de la noche y de acuerdo a los acontecimientos descriptos por su amiga Marianela pensó que las sombras nocturnas serían muy difíciles de tolerar y, que en tales circunstancias, no estaba dispuesta a dejar  sola a su amiga de modo que  insinuó que no le parecía prudente que se quedara en esa casa un minuto más, al menos, no hasta que pudieran discernir qué estaba pasando y encontraran una solución apropiada. Tal como se daban las cosas le aconsejó cerrar la casa y marchar juntas a descansar. De día todo se vería más claro, aseveró Marianela con la convicción de siempre.
Fue en ese instante en el que Marianela la vio. Con  el índice sobre los labios indicó a su amiga que observara en silencio. Ella, casi en pánico, se puso de pie.  -¿Qué ves? -inquirió angustiada. -¡Una  mujer…ahí… en la pared! respondió Marianela. -No sé si es una luz… pareciera ser un destello…en realidad creo…creo que es que…creo que es…En este punto  hizo una inflexión en la voz como dejando lugar para la duda ¡Creo que es  el reflejo de los  vidrios! Dijo finalmente  su amiga precipitándose y con un ligero temblor en las mandíbulas. -Enfocá la mirada. Intentá controlar  la respiración. Mirá  en el espacio libre después de la pintura de Soldi, le  aconsejó  Marianela tratando de mantener la compostura.
Ambas permanecieron en silencio, conteniendo la respiración y tomadas de las manos, casi sin darse cuenta. Ahora la aparición  se dejaba ver por las dos. -Está triste. Puedo sentir su congoja- dijo una. -¡Sí, cuánta desolación!- Dijo la otra. Inexplicablemente las dos comenzaron a llorar contagiadas por la angustia que creían percibir en la presencia.  En ese instante, paulatinamente, se intensificó la luz que emanaba de la aparición quien, sin perder su naturaleza  etérea, fue acentuando la nitidez de su  aspecto.
Ahora podían vislumbrar la forma de una mujer suspendida en el espacio, deslizándose sobre la pared color borravino desde el piano hasta el imponente reloj.
 Una túnica traslúcida la  cubría hasta los  pies y se movía sutilmente como si la acariciara alguna corriente de aire que escapaba a la torpe percepción de las amigas. Por su rostro también fluían lágrimas que no tardaron en convertirse en un sollozo interminable. La misma angustia se hizo carne en las dos. -“¿Qué te pasa? preguntó Marianela con dulzura y casi sin proponérselo. La  mujer pareció sobresaltarse al   sentirse descubierta. Se  detuvo. Cesó el llanto y descubrió su rostro. Era  de una  belleza angelical y deslumbrante.
-¿Podemos ayudarte?- Le preguntaron las dos casi al unísono. La mujer seguía allí, en  absoluta quietud pero  había comenzado a observarlas con curiosidad. -Si no podemos ayudarte, tenés que irte, le dijo su amiga temblando.-¡Ésta es mi casa! ¡No es la tuya! ¡Estas cosas ahora son mis cosas! ¡No son tuyas!”, agregó con énfasis fingiendo un valor que no tenía.
La luz comenzó a debilitarse .La silueta pareció desaparecer. Se  miraron aliviadas.
-A los que te vendieron todo esto no los llamaron del exterior… ¡Más bien  da la sensación que los están echando!- dijo Marianela como en un susurro y casi sin darse cuenta.-¡Y andá a saber por qué! -Añadió su amiga haciendo evidente la desazón que la embargaba frente a  tan extrañas circunstancias.
¡En ese instante todas las luces de la casa se apagaron!
Sumidas en la más absoluta oscuridad levantaron los ojos aterrorizadas y advirtieron una luz que se expandía en tamaño y fuerza  y  se encaminaba,  vertiginosamente,  hacia ellas. La hermosa mujer se aferraba  a sus espaldas primero y con fuertes embates parecía golpearlas  en la boca del estómago después.
Ambas sintieron cómo se desplomaban ante  la brutalidad de los golpes. Extenuadas se arrastraron hasta  encontrar refugio, bajo el piano una y, bajo el enorme reloj Big Ben, la otra.  Intentaron pedir auxilio pero todo fue inútil. La voz se les quebró en la garganta.
 La casa quedó desierta. El reloj y el piano son ahora sus moradas.                                 
                                                                          Muñiz; Bs.As.;  otoño de 2013

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Autora: María Cristina Avila

Las máscaras del Sr. y Sra Pérez

Relatos de misterios

Las máscaras del Sr. y  la Sra. Pérez

Ilustración: Norma Teresa Sánchez Forgione
Titulo de la Obra: Las máscaras del Sr. y Sra. Pérez
Técnica: Tinta sobre papel
Medidas: 14cm x 16cm

Durante toda mi infancia, el mar era escogido por mis padres como lugar de vacaciones de modo que, ante la proximidad del  verano, me concentraba poco y nada en la escuela y,  mientras fingía prestar atención al pizarrón, en realidad, desde mi mesa de trabajo,  mi mente  se iba  tras el vuelo de las gaviotas que seguramente me estarían esperando.

Y  fue  alguno de esos  veranos en el que conocí al Sr.  y  la Sra. Pérez porque fueron nuestros vecinos en la casa del mar durante todo un  mes de enero. Ambos lucían como una pareja estupenda. Bonita ella y elegante él tanto en malla los  días soleados  como,  con sus ropas deportivas y sus raquetas de tenis al hombro los días grises.
 Piel dorada de muchas  horas de playa. Arena pegada a la piel .Cada día los oía conversar en sus reposeras con parejas amigas mientras jugaban a las cartas. Mi reflejo en sus lentes espejados.
Los días nublados los veía pasar por la  Avenida costanera  con sus cuatriciclos rojos. Risa estridente. Pelos al viento.
Otras veces las mañanas de playa se hacían interminables. Quizá porque el Sr.  y  la Sra. Pérez salían de pesca con sus amigos . Lejos, al faro-decían-donde la pesca es más grande. Eran sus días  de turismo aventura.
En ese entonces sentí  crecer en  lo más profundo de mí la envidia porque  yo deseaba que fuesen mis padres. Frente a un matrimonio tan divertido y elegante los míos lucían como viejos rezongones y aburridos. El contraste me avergonzaba.
Malhumorado, observaba de reojo a mi padre sumergido largas horas en la lectura del diario local mientras mi madre tejía crochet bajo la sombrilla.
El máximo de la humillación me invadía cuando padre, abdomen prominente, cebaba mate mientras madre cortaba porciones del budín de limón tibiecito. Detestaba esas caricaturas con las comisuras llenas de migajas. Migajas prendidas en la malla. Migajas sobre la mica en  la arena.
A lo sumo, la máxima aventura consistía en salir a caminar pisando la espuma de las olas juntando caracoles en el ridículo sombrero de paja de mamá.
Nuestros días de playa eran monótonos. Salvajemente monótonos. Frente a las vacaciones de nuestros bulliciosos vecinos mis padres me parecían seres grises, cobardes y aburridos.
Rara vez cruzaba saludos con el vecinito Pérez. Era tan elegante y correcto como sus padres. También regresaba con su ropa de tenis o bajaba del jeep a pura risa o se revolcaba en la arena dorada cuando les ganaba una partida a las cartas. Más de una vez hubiera deseado participar de esas salidas o, al menos, que me invitasen a su casa.
La primera quincena de enero finalizaba y con ella las vacaciones de las dos parejas   amigas del Sr.  y  la Sra. Pérez. De modo que de siete nuestros vecinos pasaron a ser tres, solamente tres: madre, padre e hijo. 
Y porque los dos estábamos solos,  si lo veía en la playa, como quien no quiere la cosa, a veces, en un gesto amistoso  tiraba mi pelota de fútbol para su carpa, pero él no parecía registrarme. La sensación era de bochorno. En esos momentos yo me transformaba  en invisible para el chico Pérez. ¡Deseaba tanto  ser su amigo!
Al acercarme a buscar mi pelota pedía disculpas pero nadie me contestaba y los ojos azules, severos  y altivos  del Sr. Pérez, desde ese entonces  habían comenzado a paralizarme.
También la Sra. Pérez había perdido su sonrisa habitual. La veía leer en la playa todo el tiempo sus revistas de moda o marchar al balneario vecino para ver el desfile de mallas de la nueva temporada.
Si acaso había algún día gris y tormentoso mi padre se apresuraba a cerrar la sombrilla mientras mi madre insistía en abrigarme hasta la asfixia. De regreso a casa  ya a resguardo de los posibles truenos, del granizo, del rayo o las centellas mi padre desplegaba el tablero de  ajedrez. Las partidas solían durar hasta la nochecita entre mates y churros de dulce de leche. Mientras tanto mi madre disfrutaba del silencio sumergida en sus libracos.
El Sr.   y la Sra. Pérez también regresaban presurosos .Solían responder al saludo de mis padres con un rígido movimiento de cabeza y los veíamos entrar a la casa contigua con rapidez y en medio de un silencio sepulcral.
Y fue alguno de  esos días que descubrí las máscaras del Sr.   y  la  Sra. Pérez quienes comenzaron a insultarse con palabras atroces. A veces estallaba algún pocillo o algún plato contra el piso. Sentíamos el golpe de las puertas hasta que el Sr. Pérez desencajado, con su abrigo universitario en el brazo salía furioso y en tres zancadas subía al jeep  y enderezaba hacia los médanos.
Durante los últimos quince días, con absoluto estupor, observaba caer - como en una tragedia griega-  las sucesivas máscaras del éxito, la belleza, la elegancia del Sr.  y  la Sra. Pérez quienes ya no podían mirarse a los ojos ni disfrutar del encuentro cotidiano ni siquiera, tolerar llamarse Sr.  y  Sra. Pérez.
En esos momentos, a medida que los gritos y los golpes aumentaban, Chico Pérez, sentado  en la vereda, se parapetaba de la violencia con audífonos  y celular en un intento vano de aislarse del mundo.
Entonces yo, con mi pelota bajo el brazo, salía a mirar el cielo para ver si acaso había salido el arco iris y tiraba mi pelota, como al descuido, y mi pelota le caía justo entre los pies y, entonces, un  Chico Pérez pálido y ojeroso, me miraba ,sorprendido, desde sus ojos hundidos y,  se levantaba como un anciano de cien años y esbozaba una sonrisa que quería ser una mueca o una mueca que quería ser sonrisa y envolvía sus audífonos y el celular y , sigilosamente, los deslizaba entre las persianas  y después me devolvía la pelota con su pie izquierdo y yo la levantaba y hacía “jueguito”  y, con un movimiento de cabeza,  sin palabras , lo invitaba a correr hacia la cancha libre de la playa. 

Autora: María Cristina Avila

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El Duelo

Relatos Fantásticos
Ilustración: Norma Teresa Sánchez Forgione
Titulo de la Obra: El Duelo
Técnica: Tinta sobre papel
Medidas: 21cm x 29cm

EL DUELO
Dicen que en esas tierras resquebrajadas por la sequía sólo había algarrobos y mistoles para guarecerse. Dicen también que hubo tiempos en que todo aquél que gustaba competir por su hombría,  recorría las grandes distancias solo a caballo y que  era común que en los almacenes de ramos generales cada jinete, entre ginebra y ginebra, sacara pecho hablando del animal al que sentía como su compañero, su confidente y, más de una vez, hasta como su guardián.
Y en aquellos tiempos, llegó al pueblo un mozo de buen aspecto y de carácter fuerte  que por su personalidad parecía que Dios lo había dotado para acciones de mando.  El hecho es que en aquel entonces, previo a las elecciones, hubo en aquel paraje ciertos desórdenes, y que preocupados por la falta de autoridad dieron al mozo en cuestión el cargo de comisario, escribiente y  juez de paz. Cargos que, aseguran las crónicas de la época, eran de gran responsabilidad y que, en consecuencia, al susodicho le cabía en esos  pueblos el deber de desempeñarse como  representante administrativo y judicial del Estado y que en el lugar adquiría singular importancia tal como aconsejaba  el socarrón Viejo Vizcacha en el Martín Fierro.
O sea que el mozo a quien intentamos referirnos, dueño de rasgos caligráficos sin igual, tanto podía anotar matrimonios ,nacimientos o defunciones así como interferir en algún litigio o repartir con la fusta algún que otro rebencazo y encerrar en el calabozo tanto al último ladrón de gallinas como a cualquiera que intentase transgredir las normas de convivencia.  El caso es que, con el correr de los años, el joven demostró que la designación no había sido en vano y que, amén de sus dotes de seductor con las mujeres, también tenía agallas para mantener el orden. 
Blanco de tez, rubión el cabello y de ojos color del tiempo, si bien en parajes como aquellos no había mujer que se le resistiera tampoco malhechor que no escogiese huir hacia otros rumbos.  Criollazo el mozo en cuanto a su origen, descendiente de españoles y nativos, gustaba de la música y el baile razón por la cual aceptaba gustoso cuanto  convite le hicieran con motivo de bautismo, comunión o casamiento, que habitualmente esas eran las razones por las que se reunía a festejar la gente de su pueblo.  De elegante estampa, comúnmente, usaba  ropa de colores claros, botas de cuero altas y  negras con espuelas y rastra llena de incrustaciones de plata.
Y tal parece que el joven, en algún momento, decidió sentar cabeza en lo afectivo y aquerenciarse  con una criolla de porte distinguido y dueña  de unos hermosos ojos verdes que  el comisario no hubo de pasar por alto.  Sabedora ella de los peligros a los que tenía que enfrentarse su hombre pensó que para fortalecer su bravura y su coraje lo mejor era poner un rosario de soga y cuero con la cruz de plata como escudo en su pecho y una daga con incrustaciones de San Miguel Arcángel en su empuñadura.
El caso es que el día del Señor del Mailin estaba próximo, y, en su honor, se había previsto procesión y  baile por  la nochecita.
Por tanto  los organizadores llegaron a la conclusión que la presencia del comisario garantizaría el orden pues los bailes solían durar hasta la madrugada y no faltaba quien, con unas copas de más, transformase el júbilo de la celebración en desencuentros y amarguras. El hecho es que el día llegó y la noche pasó entre zambas y chacareras que sembraron  la alegría en cada uno de los asistentes. Pero, pasadas las dos de la mañana, cuando  el comisario sintió que ya había cumplido  con su deber, la madrugada preparó sus garras.

Quienes gustan relatar tales sucesos afirman que se desencadenaron con posterioridad al cierre  de los festejos. En el afán de dar veracidad a los hechos la mayoría afirma que finalizada la celebración los más viejos ponían todos sus esfuerzos en atender lo mejor posible a los musiqueros y la energía de los jóvenes estaba en burlar el control de los mayores para algún arrumaco. Aseguran también que la recaudación a favor de la Parroquia había sido más de lo esperado y la diversión excelente.

Y, en este acto, afirman los pobladores que agradecidos por la diversión  despidieron al comisario y lo vieron partir en su fiel alazán engalanado para la ocasión.  Dicen también que era noche de plenilunio de modo que el reflejo generoso de la luna iba derramándose por los senderos que lo llevarían de regreso a la querencia. Y, de acuerdo a las descripciones, parece ser que el juez de Paz, para protegerse de la intemperie, ya iba envuelto en el poncho que Petrona, su mujer, había tejido en el telar con una hermosa cruz pampa en el pecho y otra en la espalda.

Y los abajo firmantes, atestiguan también que el paisano regresaba al trote lento atravesando caminos a la vera de los campos  del vecindario cuando se detuvo precavido porque la proximidad de la acequia solía generar en la hondonada una atmósfera con escasa visibilidad. Y confirman también, que fue en tales circunstancias y no otras, que  el alazán paró las orejas y relinchó negándose a avanzar.  Y que vio el hombre en ese instante un fulgor en el cruce de caminos y, en simultáneo, sintió un fuerte olor a azufre.  Y dada su preocupación por lo que podría ser un incendio en los campos vecinos espoleó el caballo acariciándole la cabeza para tranquilizarlo y animarlo a seguir. Y que fue en ese momento que sintió el comisario un estremecimiento profundo.

-Mi alazán quería volverse pero lo obligué a seguir- afirmaba al calor de la caña- Quise agudizar la vista entrecerrando los ojos pero ahí nomás casi se me soltaron las riendas, no me quedó más remedio que agarrarme de las crines, de abrazarme a su  pescuezo cuando una bandada de murciélagos comenzó a volar en círculos y desde las esqueléticas sombras de la cina cina emergió un jinete  montado en una bestia negra que parecía resoplar fuego por las narices.   -Mi alazán se alzó sobre las patas traseras –dijo-mientras tanto pude recuperar y asirme a las riendas a la vez que sacaba mi daga y se me ocurrió blandirla en alto como si fuera un crucifijo para interponerla delante de la figura  tenebrosa.

Y dice también que en la soledad de la noche las risotadas de ese ser oscuro resonó como si fueran miles de ellos y que la bestia sobre la que montaba seguía intentando amedrentarlo  lanzando toda su furia por las narices.

-Qué buscás-dije  blandiendo mi daga en alto y gritando cada vez más fuerte a la luz de la luna, pero todo esfuerzo parecía inútil porque el jinete de las sombras repetía sus risotadas mientras se burlaba diciendo:

-¡Así que tenemos un comisario, un juez de paz y un escribiente!  ¡Cuántos títulos tenemos en un solo mortal! –dijo haciéndome llegar la fetidez de su aliento y lanzando cuchilladas que parecían alcanzar mi rostro.  ¡Lástima que en tus bolsillos no haya  ni un cobre gritó!  -Mirá lo que vengo a ofrecerte –dijo-y sonriendo mostró todos sus dientes de oro mientras arrojaba montañas de monedas entre las patas de mi alazán.  El ángel del mal bramó en la oscuridad -¡Todo es tuyo si me das tu alma!-dijo.

-No sé qué extraña fuerza sostenía mi brazo con la  daga en alto-dijo mientras le servían otra caña  -Lo que no voy a olvidar  jamás es que con mi pulgar comencé a acariciar  la talla en relieve del San Miguel Arcángel que Petrona había hecho grabar  en mi  empuñadura. -El olor a azufre era cada vez más fuerte, la niebla cada vez más intensa y, sin embargo, embravecido por la fuerza del Arcángel me atreví a hundir zigzagueante la daga de plata en el pecho de la bestia. -Sentí entonces el ruido y vi el chisporroteo de nuestras dagas mientras los animales encabritados se paraban sobre sus patas traseras y tiraban coces al aire.

De pronto el jinete oscuro y su cabalgadura negra desaparecieron tras los arbustos achaparrados.  -Aproveché el instante  -dijo- intenté recuperar el aliento y  logré mantenerme sobre mi cabalgadura.  Miré el cielo, la luna llena ya estaba en el horizonte y la vía láctea parecía desvanecerse. -¡Un poco más! –Dije- ¡Ayudame Señor de los Milagros, Señor del Mailin!  -Invoqué casi exhausto. –Y entonces, casi suspendido sobre los arbustos, volvió a  reaparecer el ángel   oscuro blandiendo su daga y vociferando:

-¡Pobre hombre soberbio y altanero, tu rancho es una pocilga, esta noche  te ofrezco todas estas tierras que cuidás con tanto celo! ¡Todo es tuyo a cambio de tu alma! –Dijo –lanzando mil  cuchillos contra mi cuerpo.

El escribiente agrega  haber sentido un dolor punzante en el brazo izquierdo y que pese al dolor mantuvo su daga en cruz lo más alto que pudo. Dice también que sintió el rosario que Petrona le había colgado en el cuello agitándose bajo la camisa empapada por el sudor, desgarrada y sanguinolenta.  El escribiente también insiste en declarar que  le respondió ¡Nunca, porque mi alma es del Padre que está en los cielos!

Quien fuera designado Juez de Paz por mérito propio también reitera que mientras el ángel oscuro lo humillaba con sus risotadas y sus blasfemias los estiletes se entrechocaban con estrépito.

-El comisario, quien aquí jura  haber intentado custodiar la seguridad de su pueblo hasta las últimas consecuencias, también declara en este acto  que cuando el ser oscuro advirtió que sus fuerzas flaqueaban anticipando el triunfo del mismo infierno se atrevió a ofrecer:

-¡Podés llegar a ser el  ganadero más rico de la zona, tus animales serán los mejores, tus tierras tendrán la fertilidad que  nadie tuvo jamás  en estos parajes! ¡Tendrás las mujeres más codiciadas por su hermosura! ¡Te ofrezco la gloria si me das tu alma!

En este punto quien dice ser el escribiente declara haber sentido que en ese mismo momento se desmayaba y que cuando sintió el frío de la daga del ángel oscuro contra su pecho cantó un gallo y que entonces supo que se anunciaba el amanecer y que El Señor de los Milagros lo había salvado.  Que el   aquí firmante asegura que en ese instante el sol bendecía la tierra y penetraba toda oscuridad y que con la ropa desgarrada y con las heridas sangrantes  tomó el rosario entre sus manos ,se recostó sobre su caballo y se dejó llevar.

Fírmese:
Dése a conocimiento público  para ejemplo de la posteridad y Gloria de Dios. Archívese  como testimonio ante las generaciones venideras. 

María Cristina Avila, otoño 2014
               A la memoria de mis abuelos paternos, Miguel Gerónimo Avila Y Petrona Rodríguez.



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